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Vª Sesión: Miércoles, 18 de febrero de 1998. Lugar: Aula Magna

Historia del Libro, II: Bibliocasmos

Coordinación: Fernando Rodríguez de la Flor

Fernando Rodríguez de la Flor Adánez Fernando Bouza Álvarez

 


 

1. Fernando Rodríguez de la Flor (Universidad de Salamanca): "Bibliocasmos".

 

            Lógicamente, esta sesión no podía empezar sin un acercamiento a la definición de la palabra que lleva por título, un soporte epistemológico al campo nocional que es el biblioclasmo o la tendencia a poner en crisis el hecho del escrito; de una lectura y de una escritura.

            Hay que subrayar la contemporaneidad de este punto de vista, la paradoja sustentada por los métodos deconstruccionistas a través de una actitud sutil con respecto a la cultura recibida. Se trata de un conjunto, casi un ejército, de intelectuales traidores a su casta que avanzan por el camino de la humillación y el destrozo de la opinión alta y ciega sobre el escrito.

            Y aunque a Fernando Bouza, el primero en delimitar este término de "bibliocasmo" le parezca Francisco de Cascales un bromista también hemos de admitir un espacio no sólo satíricom, también activo, para el biblioclasmo. Supone una desconfianza profunda contra el conocimiento y la memoria de este conocimiento como valor cierto. Así, es de notar que Sócrates, en el Fedro, desautoriza el uso de la escritura por ser ésta esencialmente de naturaleza ambigua. Es el mito de tamos rechazando el don de la escritura como una forma de habla débil y espectral.

            Y es hoy, realmente, cuando tomamos conciencia firme de este hecho. La colisión cultural entre sonidos, imágenes y palabra impresa ayuda a ello en gran medida. Lo audiovisual ha acabado con la hegemonía triunfante del libro durante quinientos años desde Gutenberg produciendo una atenuación del torrente vitamínico de lo que recibimos por la literatura.

            La literatura actual sufre un importante proceso de vanalización, es tiempo de epígonos. En lo que concierne al campo del saber humanístico éste se ha sutilizado sin que podamos apreciar que avanzamos en algo. Las vanguardias, empezando por Mallarmé, son las grandes desmitificadoras de la cultura desde la que se proclaman. La página en blanco es ahora el horizonte de la creación, la organización del silencio o el deseo destructor de la obra kafkiano.

            Por contra tenemos la página negra, la página tachada o la supresión de lo dicho. Supone un déficit de verdad, de belleza y comunicación. La imposibilidad de la escritura es el sueño dadaísta por excelencia, esta página la metáfora biblioclasta más conocida.

            Existe toda una nostalgia de la acción deprimida o desviada por el libro, una destrucción de la representación y un desmontaje de lo apriorístico. En el seno de un programa para el progreso que es la escritura se esconde la mentira que lo hace imposible, un camino hacia el silencio y una atenuación del rumor de la cultura occidental.

            La filosofía del lenguaje en el siglo XX ha hecho más amplia esta fractura al romper la ilación entre signo y referente y no proponer una solución viable. Es el caso bien conocido de Wittgenstein en su total rechazo de los sistemas de representación. La lectura de Derrida parte de una relectura que implica un olvido como única forma de encontrar las limitaciones de la propia literatura. También Freud con anterioridad había puesto el índice en el malestar de la cultura, una insatisfacción profunda por la abstractalización excesiva del mundo, la dolorosa necesidad de decir algo pero la inconveniencia de lo que se dice.

            Un ejemplo puntero y ya alejado unos siglos es el de francisco Sánchez. Tiene él en cuenta la posibilidad imaginada de que desaparezcan las letras. Entre Sánchez y Steiner, por ejemplo, se mueve toda una reivindicación del hombre atacado por la cultura, desestabilizado su yo por la letra en la incapacidad de integrar lo objetivo de la cultura en las necesidades subjetivas del hombre. La autoridad expresiva de Occidente, señala Steiner, cede a la depauperación de lo logocéntrico, la ilusión irresponsable falsa y mitológica. La destrucción del aura que rodea nuestros ensueños culturales nos lleva adinámicas paradojales y aporéticas.

            La proliferación del libro es cancerosa, el hombre sucumbe a un exceso de cultura y la imposibilidad de certeza y fundamentación de los juicios sobre el mundo. En ello inciden escuelas del pensamiento provenientes de la Antigüedad: el escepticismo, el pirronismo, cierto Cicerón, Sexto Empírico, Agripa, etc.

            Existe según ellos una clara separación, un desplazamiento del eje de la naturaleza entre hombre y libro, una separación del resto de los hombres. Son el Ícaro intelectual o la Minerva representada como lechuza deslumbrada por la claridad que podemos encontrar en Alciato y que responden a una desatención profunda de las mecánicas del presente y la realidad.

            El escepticismo marca asimismo el imposible status de una ciencia si se encuentra enajenada de una práctica consecuente. Cuidado, dicen, con los peligros de la sobre interpretación de la letra que entorpece otras cualidades humanas. La pérdida de la claridad conceptual viene del exceso de una exégesis inane. Por ello hay que replantearse los sistemas dogmáticos. Es ni más ni menos que lo que hace Descartes despegándose de la tradición que le precede o el francisco Sánchez que clama "que nada se sabe", violenta detracción del estudio.

            Se impone pues, una ecología de la vida intelectual. La enfermedad de los intelectuales es la melancolía filológica, extenuante tensión hacia un acto que siempre se demora y al final se pierde. La vida del sabio es infeliz por la hidropesía del libro que provoca un estado de feritas intelectual.

            El escepticismo cristiano es otra corriente importante para abordar este aspecto del biblioclasmo. Las deposiciones místico ascéticas que proclaman la santa ignorancia son una apología del no saber y una afasia cultural elegida. Entender la vida según Miguel de Molinos demanda el abandono de los libros, la aniquilación de los procesos de lecto-escritura como bastardos a la verdad.

            A esta dimensión escéptica cristiana que tiene a la lectura y a la escritura como vicarias del conocimiento hemos de unir una dimensión psicologicista y política del fenómeno biblioclasta que ha señalado Chartier, la del exceso de los letrados y su reflejo en la configuración de la vida de un país, pero es tema que no se pudo agotar en el día de hoy.


 

2. Fernando Bouza Álvarez (Universidad Complutense de Madrid): "Calamidad viene de cálamo y otras medioverdades biblioclastas".

 

            Recordaba el profesor Bouza una entrevista de García Márquez en que éste se retractaba del conocimiento de la gramática, más bien lo negaba rotundamente. Desconocimiento retórico, claro, pero pero que está en el fondo de una negación de los maestros de la palabra a aquello que constituye su primera ciencia en la tradición occidental, la gramática. El debate se centra entonces en la experiencia y en la práctica más bien que en el estudio. Los autores modernos se rebelan contra en oficiode las letras oponiendo estudio a creación. Contra la tiranía de la regla, pues.

            La categoría de literario o de letrado, como es lógico, no se discute desde hace poco. Sus bases modernas podemos situarlas en los siglos XVI y XVII, con especial incidencia en una faja temporal entre finales del siglo XVI y principios del XVII. En 1589, don Juan Álvarez de Toledo propone el siguiente interrogatorio con vistas a encontrar el mejor marido a su hija. Claro está que allí era principal la situación de los candidatos, sus rentas, hermanos, pleitos que mantenían, etc. Pero también se tenían en cuanta circunstancias menos cercanas al bolsillo tales como la salud, la disposición de ánimo, su prodigalidad y virtud y por fin, lo que nos interesa, si habían estudiado, qué y a qué suerte de libros se inclinaban. Hemos conservado algunas respuestas que nos hablan de una preferencia por la matemática y la ciencia además de la obligada lectura devota y otra que habla de libros de caballerías, aunque con el matiz atenuante de ser estos pocos.

            Ello nos habla sin ningún género de dudas de la penetración alcanzada por el libro y su cultura. El gusto y las preferencias librarias eran objeto a tener en cuenta en lo que atañía a los posibles de una dote. Se desprende además una organización mental de las lecturas, aquellas que eran más o menos apropiadas. La escritura y el elogio de la escritura debían hallarse pues bien arraigados en la cultura del momento. Antonio Vieira llama la atención en uno de sus sermones sobre la necesidad de virtud entre los letrados designados por el rey y a cuyo cuidado quedan los asuntos de la nación. Calamidad viene de cálamo porque el error del cálamo puede llevar al caos o la calamidad, es la respuesta de Vieira a esta realidad. En realidad el jesuita se hallaba enconado con esta clase letrada de plumín. No comprendía tanto papel y tanta tinta si no eran sordos ni mudos los consejeros reales. La escritura aparece entonces como un intermediario molesto y dilator. En el mismo sentido Bacon apuntaba la primacía necesaria de lo hablado sobre lo escrito en sus Ensayos, relegando el escrito a algo puramente utilitario. Y Pedro de Vega nos dice con particular gracia que el escribir no es otra cosa sino síntoma del olvido.

            A tales opiniones se contraponía la imagen de un monarca tildado de papelero y archivero por sus contemporáneos, Felipe II. Gurrea y Aragón u Obregón recomiendan para la formación lecturas livianas y no sesudas ni de profundo entendimiento. Son muchos los que apuntan a una mayor utilidad de lo hablado. El rey confiere poder a la palabra por su propio carisma sin necesidad de confirmarlo en los papeles. Todo ello en conjunto, desde la actitud real a consideraciones más menudas incide en una sensación de cansancio relativa al mundo del libro. El combate de credos en la Contrarreforma, desde luego, había hecho parecer al libro como un instrumento infernal, tanto para los que lo sufrían en la lectura de los continuos debates de religión como para el libro mismo que se veía prohibido por los inquisidores en virtud de su carácter diabólico. Siglo y medio de imprenta había devenido en el oscurecimiento del libro y el agotamiento de una tradición letrada. El Leonelo de la Fuenteovejuna se quejaba porque sin la imprenta se habían pasado muchos siglos. En opiniones más altas como la del Polidoro Virgilio de Támara lo que comprobamos de nuevo es la devaluación del libro por su propia inflación. El público moderno puede adquirir libros a bajo precio y ello amplia enormemente la masa lectora. Por otra parte también se amplía el conjunto del lector-oidor. Se crea, en efecto, una ley de mercado de oferta y demanda por la cual vemos quejarse a Cristóbal Suárez de Figueroa de que los libreros sólo buscan aquellos libros que vayan a ser fácilmente vendidos. Se denota así una preocupación por la confusión de las lecturas y los lectores que se convierte en acusación nada velada –recordemos Lope- al arte tipográfico. Éste favorece que los ignorantes propaguen sus errores y confunden a los buenos autores con los despreciables. Quevedo y Lope hacen un llamamiento significativo a la censura de sus propias obras, una censura que aquí es control. Por su lado, los arbitristas de los que se burla Quevedo proponen la solución en el cierre de las escuelas de gramática y la disminución del fluido de libros. Los labradores, se insiste en un Memorial para la agricultura, abandonan por los libros sus oficios mecánicos en demérito de la República.

            Estas críticas, siempre cercanas a la paradoja, sólo fueron posibles en realidad desde el crecimiento tipográfico mismo.

 

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