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La infancia en riesgo social desde la sociedad del bienestar.
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El constante desarrollo de las sociedades avanzadas hace necesario un esfuerzo
permanente de reconceptualización de aquellos fenómenos que se
dan en su seno; no podemos eludir el compromiso científico de estar atentos
a los nuevos fenómenos sociales y las consecuencias que tienen en el
desarrollo individual del sujeto y en su educación. La definición
de colectivos que por sus características propias y contextuales se encuentran
en situaciones de riesgo social es una de las que más afectada se ve
por estos fenómenos de cambio social, ya que los cambios estructurales,
socioeconómicos y culturales son los que definen sus procesos de socialización
delimitando, a su vez, las dificultades que se pueden encontrar,
Concretamente, dentro del vertiginoso dinamismo de las sociedades avanzadas,
se están dando importantes cambios y apareciendo situaciones hasta ahora
desconocidas, que afectan directamente a la correcta socialización de
nuestra infancia. El colectivo que se recoge bajo el epígrafe de infancia
en situación de riesgo se suele definir como un grupo en proceso de desadaptación
social por causas básicamente familiares. Si hacemos un rápido
repaso a las diferentes orientaciones teóricas que definen las situaciones
de riesgo social veremos como el énfasis siempre recae en las circunstancias
familiares.
Así, el enfoque socio-ambientalista acentúa la importancia de
los factores ambientales y sus programas de intervención hacen hincapié
en los apoyos a las familias cuando analiza este fenómeno. El enfoque
conductista, en cambio, se centra en la idea que las situaciones de riesgo están
causadas, fundamentalmente por las dificultades de los padres en desarrollar
su rol parental y en cubrir las necesidades básicas de sus hijos; por
otro lado las perspectivas psico-dinámicas ven la conducta como algo
sintomático causado por experiencias pasadas que mucho tienen que ver
con las habilidades afectivas familiares. Por último, el enfoque sistémico
parte de la premisa de que el individuo con problemas forma parte de un sistema,
básicamente familiar, con dificultades (Guasch, M. y Ponce, C. , 2002).
Por lo tanto, tal y como se observa, los enfoques teóricos que abordan
la epistemología de la infancia en situación de riesgo se centran
en la situación familiar, identificando las causas y los factores de
riesgo en el microsistema familiar: la desestructura familiar, los maltratos
infantiles familiares, la dinámica conflictiva entre padres e hijos,
la ausencia o el exceso de disciplina, la negligencia o la ausencia de lazos
afectivos,... son algunos de los factores que se han identificado como causa
de la desadaptación social.
Lógicamente, la fuerza socializadora de la familia es tal, que no se
puede negar que todos estos factores tienen una influencia directa sobre los
procesos de desajuste entre el sujeto y la sociedad. Sin embargo, las preguntas
a plantear son, ¿solo la familia puede reunir indicadores que explican
las situaciones de riesgo?, ¿existen otras situaciones, fuera de la familia,
que provocan la aparición de poblaciones infantiles en situación
de riesgo social?¿se puede hablar de infancia en situación de
riesgo social cuando no existen maltratos o negligencia en la familia? En definitiva,
¿las sociedades desarrolladas y avanzadas son el escenario de nuevos
grupos de riesgo social?
Efectivamente, las sociedades avanzadas han generado nuevos escenarios y nuevas
problemáticas en la socialización de la infancia, provocando una
multiplicidad de factores que pueden hacer aparecer de grupos de riesgo hasta
ahora inexistentes. La reconceptualización del concepto, por lo tanto,
debe pasar por la amplitud de mira hacia esas nuevas problemáticas sociales
que provocan que niños y niñas que crecen en entornos familiares
normalizados puedan verse inmersos en procesos de desadaptación o exclusión
social por otras causas. Veamos cuales podrían ser los tres parámetros
básicos que nos pueden hacer llegar a una definición más
amplia.
En primer lugar, cabe destacar la importancia del medio en cualquier proceso
de riesgo social y de desadaptación; para definir esta población
cabe describir las situaciones carenciales que suelen caracterizar la familia
y el entorno social inmediato de los niños. Un niño está
en riesgo social si pertenece a un entorno que presenta factores de riesgo.
En el reciente informe sobre "La infancia i les famílies als inicis
dels segle XXI", se plantea estudiar el riesgo social a través de
indicadores situados en la familia, en el sujeto y en sus entornos. (Gomez-Granell,
Garcia-Mila, Ripol-Millet y Panchon, 2002).
En segundo lugar, también destacar la importancia de la interacción
del niño con ese medio; la situación carencial entra en relación
con las características personales del niño, de tal manera que
se van generando respuestas activas en él y consolidando consecuencias
en su socialización y sus características personales, cognitivas
y afectivas. En tercer lugar, la consideración de la situación
de la infancia en riesgo como una parte de un proceso hacia situaciones de inadaptación
social.
Así, podemos considerar que la infancia en situación de riesgo social es aquella que establece, de forma procesal y dinámica, una interacción ideográfica e inadecuada con sus entornos, los cuales no cubren sus derechos inalienables, poniendo en peligro su correcto desarrollo y dando lugar a un posible inicio del procesos de inadaptación social; y sus entornos ecológicos son la familia, la escuela, el barrio, el vecindario, las instituciones,...
De tal manera que cuando nos referimos a infancia en situación de riesgo
social no solamente nos referimos al maltrato dentro de la familia, sino a una
situación mucho más amplia, que reúne todas aquellas circunstancias
sociales carenciales para el correcto desarrollo de la infancia. (Balsells,
1997).
¿Y cuales son esas situaciones carenciales, alejadas de las causas familiares?
Todas aquellas que se generan en los diferentes agentes de socialización
de la infancia como por ejemplo el maltrato entre iguales, el builling, el maltrato
en el deporte, a través del consumo, del urbanismo y diseño de
las ciudades..situaciones generadas en el seno de las sociedades del bienestar
y que han sido "bautizadas" como las nuevas formas de maltrato infantil:
"Se trata de circunstancias alejadas de los "habituales malos tratos"
pero que día a día van cobrando más significación,
principalmente por sus repercusiones en sectores de población aparentemente
alejados del maltrato infantil" (Petrus, 1997, 26).
Atendiendo a una reducción de los problemas de la infancia a los maltratos
en la familia, el análisis de perfiles individuales de situaciones de
riesgo para la infancia ha estado marcada por el estudio de indicadores que
hacen prever la existencia de situaciones de máxima desprotección
de los niños; es decir, por el análisis y la descripción
de situaciones de maltratos y de negligencia. A través de indicadores,
físicos y comportamentales en los niños y conductuales en los
padres se pueden identificar situaciones de maltratos o de emergencia de esta
situación. En base a la existencia de estos indicadores se inician los
procesos de intervención individualizados, de prevención secundaria
o terciaria, y en base a los factores de riesgo relacionados con la emergencia
de los maltratos se identifican poblaciones de riesgo para poder hacer una prevención
primaria. Este es el esquema usado en la intervención con la infancia
maltratada en el seno familiar y autores como Gracia y Musitu (1993), Belsky
(1980), De Paul (1996), Casas (1989), Arruabarrena (1996), entre otros, le han
aportado rigor científico.
En esa misma línea, desde los servicios sociales de protección
a la infancia, el análisis de situaciones de riesgo se hace en base a
listados de indicadores de riesgo social que recogen los anteriores y, en ocasiones,
son completados con otros relacionados con la emergencia de situaciones de inadaptación
social. La Generalitat de Catalunya, la Diputación de Zaragoza o autores
como Inglés (1993), Cusó (1995) o Panchón (1995) trabajan
en este sentido.
La detección operativizada desde esta forma es perfectamente válida
cuando se quiere centrar la protección de la infancia ante situaciones
de maltrato infantil familiar en cualquiera de sus formas: maltrato físico,
abuso sexual, negligencia, maltrato emocional o abandono.
Sin embargo, la cuestión que aquí se plantea es como formalizar
un sistema de detección igualmente válido pero que abarque estas
situaciones emergentes en nuestra sociedad y que se sitúan fuera de la
responsabilidad paterna clásica. Es decir, encontrar un instrumento que
nos permita estudiar estas situaciones contextuales que ponen en peligro el
desarrollo de la infancia que se pueda adaptar a todos los contextos y escenarios
¿Cuales son las características de los entornos escolares, sociales,
del grupo de iguales,... que favorecen las nuevas situaciones de riesgo? ¿Cuales
son los factores y los indicadores en estos casos? , ¿Cuáles son
las características que nos indican que un niño o niña
está sufriendo alguna nueva forma de maltrato infantil?
Por ejemplo, ¿la situación de refugiados de guerra o de inmigrantes
permite que la infancia tenga la misma calidad de vida que si no hubieran tenido
que abandonar su país de origen, en el que tienen sus raíces,
su familia y en el que pueden hablar su idioma? O bien, ¿un niño
víctima de maltrato, abuso y acoso emocional por un compañero
del colegio, puede desarrollar su autoestima y seguridad emocional de igual
forma que otro que no lo padezca?
Actualmente, el Instituto Infancia y mundo urbano (www.ciimu.org)
está elaborando un sistema de indicadores orientados a la evaluación
del bienestar de la población infantil y juvenil que permita representar
y conceptuar la realidad actual de esta población.
Otra propuesta válida para el objetivo planteado es utilizar un instrumento
desarrollado desarrollada en España por López, Fuertes Zurita,
López Gómez de Cádiz, Sánchez Redondo y Merino (1995),
en el Programa de mejora del Sistema de atención social a la infancia
del Ministerio de Asuntos Sociales: la teoría de las necesidades de la
infancia se basa en una taxonomía de necesidades fundamentada en las
diferentes formulaciones de los derechos de los niños y las niñas.
Esta nueva forma de análisis de situaciones que implican riesgo para
el desarrollo integral permitirá operativizar nuevos indicadores.
De hecho, la utilización de la Convención de los Derechos de
la Infancia como punto de referencia para realizar evaluaciones de este tipo,
a través de la Taxonomía de las Necesidades Básicas, permite
trasladar el criterio político y social hasta un criterio técnico
y científico bajo la bandera de la universalidad. Sin embargo, es innegable
la dificultad que entraña medir el grado de riesgo para la infancia de
una situación, ya que es una acción impregnada de componentes
culturales y éticos. La importancia de este hecho radica en las decisiones
posteriores que afectarán a la vida de estos niños y niñas,
ya que en función de la gravedad de su situación se determinará
la acción de protección más adecuada y ésta puede
llegar a ser su separación del núcleo familiar. ¿Cómo
neutralizar los componentes culturales, la subjetividad del evaluador, o las
diferencias establecidas desde las tradiciones? Sin duda este es un interrogante
todavía sin respuesta que queda pendiente en la propia definición
de la infancia en situación de riesgo social, y aunque el utilizar como
referencia la Convención de los Derechos de la Infancia es de por si
un gran adelanto, todavía queda mucho para llegar un aceptable grado
de intersubjetividad.
Desde este Programa se describen tres grandes bloques de necesidades: las de
carácter físico biológico, las de carácter cognitivo
y las necesidades emocionales y sociales. Esta taxonomía de necesidades
infantiles permite analizar aquellas situaciones en que, si bien no se da maltrato
infantil, si que representan una situación de necesidades no cubiertas.
Este planteamiento permite la mejora del bienestar de la infancia de forma más
amplia que desde la teoría de las carencias, y también permite
identificar no solo las situaciones familiares, sino también aquellas
del entorno ecológico de los niños y niñas que pueden poner
en riesgo su desarrollo, hasta dar paso a situaciones de desadaptación.
En definitiva, tiene en cuenta una perspectiva ecológica y interactiva,
que valora todos los entornos sociales del niño, así como su interacción,
y puede servir al objetivo planteado en este texto. El siguiente cuadro refleja
todas las necesidades básicas, así como las situaciones correspondientes
consideradas de riesgo:

Cuadro I: Taxonomía de las Necesidades Básicas: (Adaptación:
López, y otros, 1995)
Partiendo de la base que son estas necesidades las que cualquier menor debe tener cubiertas para desarrollarse de forma integral, podemos empezar a operativizar y a definir situaciones que están emergiendo en las sociedades más desarrolladas, y que plantean nuevas situaciones de riesgo social. Se trata de situaciones en las que la infancia puede tener una familia que cumpla sus funciones parentales, pero que tiene algún otro entorno ecológico, que forma parte de su socialización secundaria, y que por acción u omisión no cubre sus necesidades. El siguiente cuadro resume dicha relación a través de algunos ejemplos de nuevos colectivos en situación de riesgo social.

Cuadro II: Nuevos grupos de infancia en situación de riesgo social
4.1.- El maltrato entre iguales
El maltrato entre iguales ha sido definido como "un comportamiento prolongado
de insulto verbal, rechazo social intimidación psicológica y/o
agresividad física de unos niños hacia otros que se convierten,
de esta forma, en víctimas de sus compañeros" (Olweus, 1993).
Por lo tanto, se trata de una forma de maltrato activo que se da dentro del
microsistema y la microcultura propia del grupo de iguales, en la que se producen
daños físicos y psicológicos a través de un uso
indiscriminado y deshonesto del poder.
Este fenómeno, que se suele dar en el marco escolar, pero que también
se puede generar en otros contextos (las pandillas de la calle, en los recursos
de tiempo libre,...) constituye una clara situación de riesgo social
fundamentalmente para las víctimas, pero también para los agresores
y los observadores. Todos ellos están haciendo un aprendizaje social
y construyendo un esquema de socialización, en el que los límites
del poder están en la agresividad y la prepotencia, alterando cualquier
esquema normalizado de dominio-sumisión.
Las necesidades básicas de la infancia que padece esta situación
quedan alteradas y son vulneradas en mayor o en menor medida, según la
gravedad del maltrato; efectivamente, si existen agresiones físicas del
tipo pegarse entre compañeros o agredir con algún tipo de instrumento
(navajas, palos,...) nos encontramos ante una situación en que la protección
de riesgos reales está descubierta ya que la integridad física
de las víctimas no está garantizada.
La necesidad básica de comprensión de la realidad física
y social consistente en la transmisión y asimilación de las actitudes
y los valores prosociales también se ve claramente alterada: los códigos
morales que son aprendidos en un contexto de maltrato entre iguales sitúan
en una clara situación de riesgo social a víctimas, agresores
y observadores del fenómeno. Los efectos de una socialización
enmarcada en estos parámetros son claros factores de riesgo para la desadaptación
social.
Cuando se da cualquier forma de maltrato entre iguales, ya sea el maltrato físico, el psicológico (insultos, amenazas, desprecios, propuestas de tipo sexual, ignorar, ofender,... ) o ambos, son las necesidades de seguridad emocional y de tener una red de relaciones sociales las que siempre quedan descubiertas. La creación de la autoestima, tan relacionada con vivir y crecer en un clima de aceptación, se ve minada:
" Si la microcultura de los iguales incluye claves simbólicas de dominio y sumisión interpersonal, y la realidad cotidiana de la relación incluye el desprecio, la falta de consideración y, finalmente, los malos tratos, el grupo de iguales pasa a ser un espejo en el cual ir observando el crecimiento de uno mismo/a, a convertirse en un espejo roto en mil pedazos, en el cual se aparece desfigurado y fragmentado en la identidad propia y dañado en la autoestima, existiendo riesgo de enfermedad psicológica. " (Ortega, 1998, 39)
Finalmente, para el desarrollo integral de la infancia el establecimiento de relaciones de amistad y de compañerismo es una pieza clave que permite la paulatina creación de actitudes positivas hacia los individuos en pro a la sociabilidad de los mismos. El peligro ante estas situaciones de maltrato entre iguales es que se integren patrones y actitudes que van a encaminar hacia una vida social distorsionada.
4.2.- La violencia escolar
La violencia escolar es un fenómeno que ha ido surgiendo en los países
occidentales más avanzados y que cada vez preocupa más. El estudio
de sus causas, consecuencias y de las posibles soluciones está ocupando
un lugar importante en la investigación y la publicación científica.;
este fenómeno ha sido denunciado por los medios de comunicación
cuando se ha llegado a casos extremos y llamativos, pero sin embargo se puede
dar en diferentes formas y grados, y todas ellas perturban el buen funcionamiento
educativo de la institución escolar.
La violencia escolar reúne bajo su epígrafe una serie de conductas
diversas y prolongadas en el tiempo que dificultan y alteran la convivencia
de la comunidad educativa, siendo provocado por un alumno que es apoyado por
el grupo, y mantenido por el resto, los cuales son pasivos o ignorantes de los
hechos ((Díaz-Aguado, 1999). Adaptando la clasificación de (Fernández,
1998) podríamos decir que existen diferentes formas de violencia escolar:
los actos disruptivos son aquellos que se suelen dar dentro del aula y que generan
un clima y un ambiente poco propicio para cumplir con las funciones educativas
(llegar tarde, no hacer los deberes, hablar mientras el profesor explica, malas
posturas, fumar, comer, hablar o enviar mensajes con el móvil, estar
despistado,...). Se trata de actos del alumnado muy relacionados con la indisciplina
escolar que generan un fuerte malestar docente; esta forma de violencia escolar
es la menos grave pero sin duda la que más se da en nuestro entorno inmediato.
Otra tipología es la violencia propiamente dicha, que se puede dirigir
a profesores (insultos, dañar coches, agresiones, burlas,...), a alumnos
(seria el maltrato entre iguales), a bienes (robar material escolar, romper
instalaciones, quemar material, inutilizar cerraduras,) o a la institución
(absentismo, faltas injustificadas, rechazo escolar,...). Esta violencia puede
ser física, verbal, psicológica o indirecta.
Ayerbe (2002) plantea una panorámica de algunas de las explicaciones
sociales y escolares de la violencia escolar: prolongación de la escolaridad
obligatoria, la integración laboral, la normatividad y justicia, la segregación
escolar y las vivencias de los alumnos.
En cualquiera de sus formas y en cualquiera de sus diferentes intensidades,
la violencia escolar genera un grado de desprotección de la infancia
que se concreta fundamentalmente en la localización de factores de riesgo
referentes a sus necesidades cognitivas y sociales.
La institución escolar tiene una clara función relacionada con
el desarrollo de las habilidades y capacidades cognitivas de la infancia y la
adolescencia, con la finalidad de formar sujetos que se puedan integrar en la
sociedad de forma positiva. Esto conlleva un trabajo de transmisión de
valores de tolerancia y de respeto hacia los otros, independientemente de su
raza, nacionalidad o sexo, así como de respeto a los bienes materiales
propios y comunes. Sin embargo, cuando la institución escolar se convierte
en el escenario de la violencia escolar, se esta dando un claro riesgo que la
construcción social del individuo sea en base al racismo, al dogmatismo,
a la ley del silencio y/o a la ley del más fuerte. Los valores antisociales
que existen detrás de cualquier forma de violencia pueden convertirse
en los referentes de los alumnos que los están viendo, asimilando y sufriendo
día tras día. Todo ello sin olvidar que también conlleva
un perjuicio respecto a las necesidades sociales propias de las edades escolares.
¿Un niño que observa de forma constante como sus compañeros
insultan a los profesores tiene las mismas posibilidades de aprendizaje social
que otro que vive en un clima positivo de convivencia escolar? ¿Una niña
que protagoniza capítulos habituales de insultos y burlas machistas,
está recibiendo una correcta socialización secundaria? En definitiva,
¿es posible afirmar que los actos disruptivos, así como la violencia
escolar más grave son factores de riesgo de la desadaptación social?
Parece ser que la respuesta es afirmativa, poniendo sobre la mesa la necesidad
de hacer actuaciones multidimensionales en situaciones de riesgo social que
se dan fuera de los entornos familiares.
4.3.- Movimientos migratorios
La llegada a los países europeos de ciudadanos de países en vías
de desarrollo que no se pueden ganar la vida en su país de origen es
uno de los fenómenos sociales que se está viviendo con más
fuerza y más dificultades en la actualidad: políticos, legisladores,
responsables educativos, actores sociales,... todos ellos están en vías
de analizar la situación y sus posibles soluciones.
En relación a la infancia que vive los movimientos migratorios nos encontramos
con casuísticas diferentes; por un lado está el/la hijo/a del
emigrante que forma parte de una familia que no se separa y se traslada toda
junta a un país desarrollado; también encontramos niños/as
que ven como su familia se tiene que separar porque el padre o la madre emigran
a otro país; o también el caso de adolescentes que emigran solos
a un país europeo con la esperanza de encontrar trabajo. En todos estos
casos, así como en el resto de situaciones producidas por la emigración,
nos encontramos ante una problemática social que genera una situación
de riesgo para la infancia que la vive.
Cualquier menor que ha tenido que dejar su país de origen y llegar a
otro donde la lengua, las costumbres, los usos y los valores nada tienen que
ver con los propios, se encuentra en una situación de desventaja social
en relación a las posibilidades de adaptarse de forma ajustada. La vulneración
de sus derechos relacionados con las necesidades sociales es evidente cuando
se piensa en las posibilidades de establecer una red de relaciones sociales:
el plano de igualdad es difícil de encontrar en el grupo de iguales cuando
no compartes lengua, soportar actitudes racistas y xenófobas por el simple
hecho de no ser autóctono o no poder celebrar las fiestas religiosas
propias, son algunos ejemplos del aislamiento social que pueden vivir estos/as
niños/as.
Sin embargo, la vertiginosa evolución de la sociedad en la que vivimos,
hace que los movimientos migratorias vayan provocando nuevas situaciones a cada
momento. La emigración es una realidad cambiante en si misma: ello nos
obliga a estar atentos a las nuevas situaciones de riesgo que se puedan generar.
Un ejemplo de ello es el colectivo de adolescentes emigrantes que están
desamparados; se calcula que en la ciudad de Barcelona existen 300 menores de
edad magrebíes que viven en la calle. Son chicos/as que emigran sin su
familia a nuestro país con la esperanza de encontrar trabajo, pero lo
hacen sin documentación, sin tener la edad necesaria para incorporarse
al mundo laboral y, por su puesto, sin calificación profesional. Ello
ha generado un colectivo en riesgo social caracterizado por la movilidad geográfica,
un desarraigo social y familiar, sin identificación y que cometen pequeños
delitos para sobrevivir en el país que les acoge.
La sociedad no ha estado preparada para dar respuesta al cubrimiento de las necesidades básicas de este nuevo colectivo en riesgo, ya que ha aparecido de forma muy reciente. Así, estos menores, que en el mejor de los casos eran declarados desamparados para ser tutelados y protegidos por la Administración, en la mayoría de los casos rechazan esta tutela huyendo de centros de acogida que están pensados y organizados para un tipo de menores de características y expectativas muy alejadas a las suyas. Definitivamente, se han tenido que crear nuevos recursos para atender a este nuevo colectivo.
4.4.- Los mass media
"los mass media aparecen como centros difusores de cultura, haciendo tambalear los cimientos del centro difusor de cultura por excelencia, la escuela. Ésta ha perdido el monopolio de la transmisión cultural y sus alumnos se nutren ahora en los mass media, ya que la escuela se ha visto imposibilitada para integrar las formas culturales contemporáneas a las que, por otra parte, ya está adheridos los alumnos" (Salinas, 1992:253)
En esta cita se resalta la importancia que en la actualidad tienen los medios
de comunicación como transmisor de las concepciones de los grupos dominantes
de la sociedad, y más concretamente la televisión. La televisión
ha impuesto nuevas pautas de vida cotidiana, hasta el punto que es un miembro
más de la familia, y en función de la que se decide los horarios
domésticos.
Con relación a la infancia en riesgo social, se ha estudiado la televisión
como un medio de comunicación que favorece determinados aprendizajes
que pueden convertirse, si su uso no es el correcto, en un entorno socializador
de riesgo. El consumismo y la violencia que transmiten son dos de los contenidos
más estudiados.
El consumismo, a través de la publicidad que relaciona la adquisición
de determinados productos con el éxito social y personal, favorece los
sentimientos de frustración de determinados sectores de la población
con poco poder adquisitivo.
"Continuamente el discurso del consumo apela a las motivaciones psicológicas de las personas para activarlas, potenciarlas y asegurar que con la adquisición de objetos se verán satisfechas: la seguridad, el poder, el sexo, la autoafirmación, la aprobación de los demás,... Sin embargo, la insatisfacción es permanente puesto que el número de objetos a poseer nunca deja de crecer y aumentar, y es imposible de alcanzar" (Pérez, 1992,123)
La violencia en la televisión y el estudio de las consecuencias en
la agresividad y las conductas violentas de los niños también
es frecuente y llega a conclusiones que relacionan una y otra variable en función
de otras características. Un reciente estudio de la Universidad de Michigan,
desarrollado durante 15 años, ha llegado a la conclusión que los/as
niños/as que ven programas violentos en televisión están
más predispuestos a protagonizar actitudes y respuestas agresivas cuando
son adultos. A su vez, autores como por ejemplo Petrus (2001) han denunciado
la capacidad de modelling de los mass media como una de las causas de que los
escolares adopten como propios, patrones de conducta violentos y agresivos.
Resulta contradictorio que la sociedad actual, con el uso y abuso de la televisión,
pretenda cubrir la necesidad básica de comprensión social; la
contradicción radica en el mismo contenido de los programas televisivos:
actitudes violentas, agresivas, racistas, sexistas,. Frente a los contenidos
y los valores que esa misma sociedad dice y reclama que se transmitan a través
de la familia, la escuela o los centros educativos no formales.
En definitiva, la aparición de nuevas poblaciones en riesgo de exclusión,
desadaptación o inadaptación social, tiene mucho que ver con las
características y los medios de socialización secundaria que se
van generando en las sociedades avanzadas; prevenir sus consecuencias y la consolidación
de las mismas, requiere un esfuerzo multidimensional e interdisciplinar, en
actuaciones planteadas desde el modelo ecológico y la acción por
redes, dado que todos los entornos son la causa y, a su vez, la solución.
La complejidad d del fenómeno requiere actuaciones globales que abarquen
medidas políticas, legales, escolares, familiares, Tal y como se plantea
en la declaración de Copenhague de 1995 sobre el desarrollo social, la
sociedad debe ser sensible al desarrollo y el bienestar social de todos los
sectores sociales, y de forma particular de la infancia que vive situaciones
vulnerables.
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